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Roxana, El Precio de Tener un Culo Perfecto - Parte 1

Si me vieras por la calle caminar, muy probablemente lo primero que notarías de mí serían grandes y redondas tetas, siempre saltando con cada paso, siempre luchando por escaparse de cualquier blusa, vestido o sostén que yo utilize para contenerlas. Son pesadas, pero firmes. Sin embargo, sé muy bien que no son mis tetas lo que realmente te volvería loco.

Lo que realmente te obsesionaría de mí sería mi culo.

Sin importar qué tipo de ropa lleve, verías dos esferas perfectas de carne suave y pesada, divididas por una raja profunda y larga. Mis nalgas son redondas y protuberantes. Se mueven con un vaivén candoroso en cada paso que doy. Tengo la cintura muy estrecha, las caderas ligeramente anchas y la espalda un poco arqueada de forma natural. Esa combinación hace que mis glúteos parezcan aún más imposibles desde cualquier ángulo que los admires.

A muy temprana edad comence a desarrollar esta llamativa parte de mi cuerpo, y es que a los 14 años ya tenía unas nalgas que llamaban demasiado la atención, sobre todo de hombres adultos. Siempre era lo mismo cada vez que salia a algún lugar, miradas largas en el centro comercial, comentarios “inocentes” de amigos de la familia, manos que “por accidente” rozaban mis nalgas al pasar. Recuerdo cómo algunos esperaban en silencio e impacientes a que yo me diera la vuelta para clavar sus ojos directamente en mi culo sin ningún tipo de consideración por mi edad o incluso por mi familia.

Otro de mis problemas siempre ha sido que cuando conozco a un hombre, tarde o temprano llega ese momento incomodo para mí. Observo como sus ojos bajan lentamente a mis nalgas y se detienen alli, y algo cambia en su mirada. Ya no me ven como Roxana, la chica simpática, la amiga o la compañera de clase o trabajo. Me ven como un deseo carnal prohibido, como una perversa fantasía a cumplir.

Yo soy originaria de Monterrey, Nuevo León. Mi familia alguna vez fue de renombre y prestigio en la ciudad, pero mi padre —que en paz descanse— se dedicó al juego y al alcohol, derrochando casi todos los bienes que mi madre había heredado. No estamos en la ruina total, pero el dinero no es algo que sobre. Por eso hay que trabajar.

Mi nombre es Roxana Montes, tengo veintidós años y estudio la carrera de Periodismo y Comunicación.

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Sueño con estar algún día frente a las cámaras de una gran televisora en Monterrey, ya sea presentando noticias o conduciendo mi propio programa. Mientras ese sueño se cumple, trabajo como edecán y modelo.

Soy de piel clara, ojos grandes color miel, cabello castaño que me llega hasta los hombros. Mi nariz es respingada y mis labios son delgados pero muy provocativos. Sin embargo, lo que realmente me ha ayudado a conseguir trabajos con relativa facilidad en el medio, son mis medidas: 90-58-98.

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Mientras mi rostro, mi largo y delicado cuello, mis hombros finos y mi espalda delicada transmiten elegancia y clase… mis tetas, mi cintura de avispa, mis caderas anchas, y mis protuberantes nalgas exudan pura sensualidad, una exuberancia ardiente y embriagadora que vuelve locos a lo hombres.

Sin embargo, todo esto no es tan sencillo como parece. Por un lado, me tengo que matar en el gimnasio dos horas diarias y seguir una dieta estricta para mantener este físico. Entreno glúteos con obsesión porque sé que son mi carta de presentación.

Por otro lado, es agotador soportar las miradas lascivas y los comentarios vulgares de tantos hombres, algo que es muy constante en los eventos como edecán. Ya sea que haga algo tan simple como repartir folletos, estar parada en un stand, o presentar y promover algun producto o servicio, siempre siento cómo me desnudan con la mirada. Algunos ni siquiera intentan disimular.

Debido a la exuberancia de mis desarrolladas nalgas, escucho de todo:

—¡Órale, mamacita! ¿Cuánto cobras por dejarme metertela en el chiquito? Con ese culo has de apretar bien rico.

—Ese culo seguro caga bombones, güera. ¿Me dejas probarlo una vez? Te pago lo que pidas.

—¡Qué nalgotas tan ricas tienes, mami! ¿Te gusta que te lo partan o eres de las que llora cuando se la meten por el chimuelo?

Los más educados se acercan con sonrisas y tarjetas de presentación, según ellos ofreciéndome oportunidades en televisión o publicidad, pero siempre con la misma condición: una cena privada, un fin de semana en alguna playa… y la promesa implícita de que tendré que abrir las nalgas para ellos.

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Incluso en la universidad una vez me pasó.

Cuando recién había entrado a la carrera, un profesor de Comunicación Audiovisual me había citado en su oficina un viernes por la noche, después de que todos ya se habían ido. Su acuerdo era que yo no tendría que asistir a ninguna de sus clases ni entregar trabajos, y él me garantizaría un 10 perfecto en su materia, pero a cambio, yo tendría que dejarme… “disfrutar por atrás“. Además, él podria dar “recomendaciones“ a otros profesores, para que me dieran el mismo trato.

El solo pensamiento me hizo apretar las piernas por instinto. Salí de esa oficina temblando y con las mejillas ardiendo de vergüenza. Nunca volví a esa materia y cambié de grupo al semestre siguiente.

A veces me siento reducida a un simple pedazo de carne. Como si mis sueños, mi inteligencia y todo lo que soy no valieran nada frente a este cuerpo… y sobre todo, frente a este par de nalgas redondas y descaradas que cargo.

Lo más triste es darme cuenta de que la mayoría de los hombres solo quieren lo mismo de mí cuando me conocen: poseerme analmente. Pareciese que mi cuerpo esta diseñado para despertar esa obsesión oscura y primitiva en ellos.

Y lo más confuso de todo es que esa oscura obsesión por mi culo no vino de desconocidos en la calle ni de los hombres que me miran en los eventos de edecán.

Todo empezó con la persona que más me cuidó después de que mi papá falleció: mi tío Toño.

Cuando mi papá murió, yo tenía quince años y el mundo se me vino encima. Mi tío Antonio, el hermano mayor de mi papá, se convirtió en mi apoyo incondicional, en mi refugio. Tenía alrededor de 57 años en ese entonces, era un hombre hecho y derecho, de voz grave y manos grandes, pero siempre paternal conmigo. Me acompaño en los momentos mas importantes de mi vida, me ayudaba con mis proyectos, asistia a mis partidos de voleibol y me consolaba cuando lloraba por las deudas que había dejado mi padre.

—Yo estoy aquí para cuidarte, Roxanita—, me decía siempre, abrazándome fuerte contra su pecho. Y yo le creía, realmente le quería como al padre que ya no tenía.

Tenía dieciocho años cuando participé en el Certamen de Belleza Juvenil Nuevo León, en Monterrey. Era una competencia entre preparatorias del estado y yo no tenía un solo peso. Mi tío Toño, sin embargo, se hizo cargo de absolutamente todo.

Me dio lo que necesitara. Me acompañó hasta la ciudad donde se celebraba el evento, pagó el hotel, la comida, los vestidos, el peinado… todo. Durante los tres días del evento estuvo siempre presente, sentado en primera fila, observándome con esa sonrisa orgullosa y protectora que me hacía sentir la niña más afortunada del mundo.

Fue él quien más celebró cuando gané.

En realidad, el concurso resultó casi sencillo para mí. Durante la pasarela de traje de baño y en los vestidos de gala, todas las miradas terminaban siempre allí… en mi culo. Mi derriere, redondo y protuberante robaba la atención de todo mundo sin que yo pudiera hacer nada por impedirlo.

En mi coronación, yo llevaba un vestido modelo sirena blanco perlado, ajustadísimo al cuerpo. Era strapless, sin tirantes, con un corpiño que abrazaba mis juveniles senos con firmeza, pero resaltandolos de forma atractiva. La tela elástica del vestido se pegaba como una segunda piel a mi cintura estrecha y descendía con descaro sobre mis caderas. Una abertura lateral alta revelaba la piel de mis muslos al caminar.

Pero lo que realmente se llevo todas las miradas del público —y, al final, la decisión de los jueces— era la manera en como el vestido marcaba mis redondas nalgas, empujando la tela hacia atrás. Cada paso que daba en la pasarela hacía que mis glúteos rebotaran suavemente, tensando la tela brillante hasta el límite y creando un juego de luces que parecía hipnotizar a la sala entera.

Después del evento, mi tío Toño me esperaba afuera. Apenas me vio, me abrazó con fuerza y me felicitó efusivamente. Para celebrarlo, me llevó a cenar a uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad. Durante todo el trayecto en el coche no dejó de elogiarme. Me repetía lo orgulloso que estaba de mí y que, si mi papá aún viviera, él también lo estaría. Yo, con la adrenalina todavía a mil, le contaba emocionada todos los detalles: cómo había sido la preparación, lo que sentí en el escenario y cada momento especial durante el evento.

Ya pasada la media noche, regresamos al hotel. Mi tío ya iba algo pasado de copas, pero se comportó como todo un caballero. Me acompañó hasta la puerta de mi habitación, se aseguró de que estuviera bien y luego se retiró a la suya.

Ya en mi habitación, me cambie para dormir. Me habia puesto una blusa blanca de tirantes finos y unos shorts rojos cortos que se me ajustaban bastante al culo, me apretaban algo, pero me gustaba como que quedaban.

Caí en la cama completamente exhausta, aunque todavía vibrando de emoción por todo lo vivido ese día.

Como a eso de las tres de la mañana , un ruido me despertó. Era una respiración agitada y pesada. Abrí los ojos todavía adormilada y, al instante, el corazón me dio un vuelco brutal. Me quedé paralizada, en shock por lo que estaba viendo.

Ahí estaba mi tío Toño, de pie junto a mi cama, completamente desnudo con su dura y gruesa verga que sobresalía pesadamente, hinchada y venosa. La tenía agarrada con una mano y se masturbaba despacio, con movimientos largos y deliberados, mientras me devoraba con la mirada. Sus ojos tenían un hambre primitiva y salvaje, oscura, como si estuviera poseído por algo que ya no podía controlar.

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