El Emisario y la Flor del Bósforo - Parte 1
La ciudad, como casi todas las que se hallaban cerca del centro del mundo, se extendía a lo largo del Bósforo. Se encontraba a casi un día entero de cabalgata al norte de Estambul. Viajaba con una pequeña escolta de apenas diez hombres, tal como acostumbraba cada vez que dejaba atrás la seguridad de las murallas de la ciudad.
Acababan de nombrarme asistente especial del gran Visir del Sultán, y no había transcurrido ni medio año desde mi regreso a la protección del Imperio, cuando mi primer cometido me condujo a la ciudad de Rumeli.
Dejar atrás los confines del palacio resultaba maravilloso después de meses de encierro y riguroso entrenamiento. Mi cargo era especial, y tal vez uno de los mejores que se hubieran creado jamás en la historia del mundo.
Me encontraba ahora como reclutador principal del Harén imperial, el cual acababa de ser reacondicionado para albergar una docena o más de aposentos. Las vacantes eran algo frecuente en aquellos días, pues el Sultán desconfiaba a menudo de su Eunuco Negro.
Nunca tuve la última palabra sobre quién entraría como sirvienta de la Sultana Madre o para el placer del gran Sultán, pero sí poseía el privilegio de presentar a Su Grandeza —el pilar de nuestro mundo— una selección de bellezas procedentes de todos los rincones del Imperio.
Llegamos al anochecer. El apacible pueblo, resguardado por una fortaleza de piedra, apenas tenía unas pocas lámparas encendidas. Sobre nosotros, la luna ascendía con calma solemne, mientras el cielo, aún herido de luz, dejaba girar los últimos remolinos de una belleza que se negaba a morir. Di gracias a Alá por la oportunidad de contemplar semejante grandeza y por la segunda oportunidad de vida que me había concedido durante las batallas en tierras del este.
Nuestro alboroto despertó al pueblo. No era frecuente que recibieran visitantes del palacio. De entre las sombras surgió un hombre con una antorcha, cuya llama vacilante dibujaba contornos inciertos. Nos ofreció un lugar donde abrevar y dar descanso a nuestros corceles. Le di las gracias y le tendí una moneda de plata, que aceptó con avidez.
Le pregunté si habría un sitio propicio para que mis soldados acamparan aquella noche, lejos de la fortaleza. Llamó a su hijo, y el muchacho nos condujo hasta un claro elevado, desde donde el Bósforo, oscuro y silencioso, corría como una herida entintada. Algunas barcazas reposaban ancladas junto a la orilla, y sus luces solitarias titilaban como estrellas extraviadas. El aire era puro, recién nacido, muy distinto a la dulzura densa y punzante de la ciudad.
—¿Hay alguna posada donde pueda hospedarme? —pregunté al muchacho.
Negó con la cabeza, pero accedió a guiarme hasta una casa donde podría hallar alojo.
Me condujo por el corazón del pueblo hasta una pequeña vivienda de madera. Una única calle empedrada lo atravesaba, y a lo largo de ella se alzaba una hilera de casas humildes. Del otro lado, estrechos muelles de madera se internaban en el agua, donde una veintena de barcazas de pesca se mecían con la respiración lenta de la noche.
El dueño de la casa era un antiguo Jenízaro, lancero, retirado de las guerras y del ruido. Vivía en soledad y respondía al nombre de Fidan.
—Soy asistente especial del Visir del gran sultán, y me encuentro aquí en misión oficial por el bien del Imperio. Requiero alojamiento para esta noche, si es posible, sabré compensarle con una moneda de oro por su ayuda a la causa del Imperio.
El viejo Fidan rechazó toda paga y dijo que me acogería de buen grado, movido únicamente por su lealtad al Sultán. Aun así, sin que lo advirtiera, dejé una pieza de oro sobre su gastado mostrador al marcharme.
—Dispongo de una pequeña estancia, apartada de la casa. Allí vivía mi hijo antes de partir a la guerra. Mi criada aún la mantiene. Puede quedarse el tiempo que desee.
Le agradecí y le aseguré que solo necesitaría una noche, nada más. No preguntó qué me había traído hasta aquel lugar, aceptó mi presencia con una naturalidad casi ritual, como si cada mes recibiera a emisarios del Sultán.
Salimos por la puerta trasera y avanzamos unos pasos entre un jardín que estaba muy bien cuidado y una arboleda de nogales. Bajo su sombra reposaba una pequeña cabaña. Fidan abrió la puerta y me mostró el interior: una cama solitaria, un escritorio, y una mesa de abedul con tres sillas. En cada pared había ventanas con postigos de madera, cerrados y asegurados desde dentro —por los mosquitos, me aseguró—, como si incluso la noche tuviera algo que no debía entrar.
—He venido a preguntar por una mujer.
Sus ojos se abrieron con sorpresa, y enseguida se dibujó en su rostro una sonrisa cómplice.
—¿Semet?
—Veo que la conoce.
—La conoce el mundo entero, amigo mío. Cada semana llega un pretendiente con la esperanza de verla.
—¿Y su padre?
—Ah, su padre… —repuso Fidan, con una leve sacudida de cabeza—. Exige algo más que oro. Hace unos días pasó por aquí un comandante Kapikulu, atraído por la fama de su belleza en Crimea. Traía media bolsa de oro… y aun así fue rechazado. El viejo dijó que aquel hombre no tenía porvenir. —Fidan dejó escapar una risa áspera—. No será fácil para usted. Pero viene del Palacio… eso podría inclinar la balanza, si trae suficiente oro por supuesto. —Mostró sus dientes desgastados en una sonrisa ladeada.
—Semet no es para mí —respondí con calma—. Vengo en nombre del gran Sultán, que Alá lo bendiga. Ninguna noticia deja de llegar al Palacio, ni de alcanzar los oídos de nuestro señor. No solo en Crimea se habla de su belleza: dicen que sus ojos eclipsan a las esmeraldas, y que su piel resplandece como la nieve.
—Eso es cierto… aunque pocos han tenido el privilegio de verla. Su padre la mantiene resguardada en casa, pues incluso los hombres de este pueblo han caído rendidos ante sus dones.
—¿Dónde puedo encontrar al padre de Semet?
—Es mi vecino, y lo conozco bien. Descanse un momento noble señor, iré a buscarlo para que comparta el té con nosotros, y luego los dejaré tratar sus asuntos.
—Prefiero visitarlo en su casa.
—Entonces, sígame.
Dejé mi saco de pertenencias sobre la cama y seguí al viejo soldado, que avanzaba cojeando, hasta la casa contigua a la suya. Era una construcción de tres pisos, con techo a dos aguas y la fachada resquebrajada por el tiempo. Los postigos permanecían cerrados, pero la luz de las lámparas se filtraba entre las junturas de la madera. Llamé a la puerta y, al poco, escuché el apresurado rumor de unos pasos.
—¿Quién va? —preguntó una voz desde el interior.
—Soy asistente especial del Visir del Sultán, aquí en misión del Palacio. Traigo mis credenciales.
Desenrollé un pergamino, aún sellado con cera y oro. La puerta se abrió, y apareció un hombre unos diez años mayor que yo. Su barba descendía hasta el pecho, y sus ojos ardían como brasas recién arrancadas de las entrañas de la tierra. Me recorrió con la mirada, mi atuendo pareció apaciguar su gesto. Examinó el documento, asintió en silencio y, volviéndose hacia el interior, llamó a su esposa para que pusiera agua a hervir.
Me hizo sentar sobre cojines mullidos dispuestos sobre alfombras desgastadas. Para hallarse tan lejos del centro del mundo, su estancia estaba ricamente provista, señal de que por aquel pueblo transitaban mercaderes de tierras lejanas.
—Que Alá bendiga esta ocasión. ¿Qué trae a un emisario del Sultán hasta la pequeña Remuli? —preguntó al regresar con una bandeja humeante de té. Llenó tres vasos y nos los entregó, aún calientes, que sostuve sin dificultad entre los dedos.
—El Sultán ha oído hablar de su hija, la bella Semet, y desea conocerla en el Palacio. Vengo en su nombre para comprobar si los rumores sobre su encantos son ciertos y, de ser así, ofrecerle una compensación digna de usted, para que ella pueda vivir allí.
Apuré un sorbo de té y aguardé. El hombre permaneció inmóvil, como si no hubiera escuchado, la mirada fija en un punto lejano. Estaba a punto de aclarar mis palabras cuando habló:
—Así que el Sultán desea llevarse a mi hija a su harén… ¿y usted pretende arrebatármela en la noche por unas cuantas monedas de oro?
—Señor, no hay honor mayor que ser elegida por el soberano de nuestro Imperio. Sin duda, Alá le ha concedido un don. Piense en ello: si agrada al Sultán, podría darle hijos… y uno de ellos podría gobernar una provincia algún día, o más aún. Y si su hija llegara a ser madre del Sultán… imagine entonces las riquezas. Podría usted ser el abuelo de un futuro soberano.
Dejé que mis palabras reposaran en el aire. Como esperaba, sus ojos brillaron con un fulgor nuevo, en ellos reconocí el hambre, sabia que lo tenía.
—Cien monedas de oro por llevarla al Palacio. Y si el Sultán queda complacido —que Alá derrame su gracia sobre él y sobre los Otomanos—, otras doscientas. Si no… si por alguna desgracia no fuera de su agrado, la devolveré sana y sin mancilla, y podrá quedarse con las cien.
Su respiración se agitó, bebió el té de un solo trago.
—¿Y usted… asistente del Visir, debe verla? La mantengo apartada de todos los hombres. No me gusta cómo la miran… babean como perros.
—No soy un perro. Mis ojos son los del Sultán, que Alá lo bendiga. Es mi deber. Si le presento mujeres que no le complazcan, deshonraré mi nombre y el de mi familia. Y si tocara a una que está destinada a él, mi castigo sería la muerte. Soy un hombre de fe, no le haré deshonra. Semet estará a salvo conmigo.
Se levantó y me pidió que mostrara el oro.
—No puedo hacerlo hasta verla y juzgar por mí mismo. ¿Qué edad tiene?
—Diecinueve.
—Bien. Ha estado bajo su cuidado… ¿nunca ha sido desposada?
—Siempre bajo mi cuidado. Semet… Semet —la llamó, sin apartar de mí sus ojos. Había en ellos una dureza que me hizo comprender que no dudaría en matarme si le faltaba al respeto a su hija, incluso aunque yo fuera el propio Sultán.
—¿Padre? —respondió una voz desde el interior, clara y delicada como el tañido de una campana, una nota pura que parecía nacer del corazón mismo de la feminidad.
—Baja, hija. Hay alguien a quien quiero que conozcas.
Se escucharon pasos y el leve crujido de la madera mientras descendía por la escalera, hasta que emergió de las sombras al tibio resplandor amarillento de las lámparas. Llegó por detrás de mí, y cuando me volví para mirarla, sus ojos me alcanzaron como dos cuencos de luz verde, brillantes como lunas detenidas. Al instante apartó la mirada, fijándola en algún otro punto del suelo.
—Semet, quítate el velo.
—¿Padre? Pero tenemos visita…
—Semet. —Su voz sonó firme, con la autoridad de un oficial.
Un leve gesto de sus delicadas muñecas, y entonces comprendí por qué la vida puede llegar a ser tan maravillosa.
Su nariz, pequeña y fina, parecía esculpida para armonizar con la amplitud de sus ojos. Sus labios, suaves y rosados, apenas entreabiertos, dejaban entrever la blancura de sus dientes. Entre la amplitud de sus ojos y la generosidad de sus labios, su nariz parecia más pequeña de lo que en verdad era. El velo azul enmarcaba su hermoso rostro, ocultando por completo su cabello.
Había en ella una mezcla de inteligencia y timidez, su incomodidad ante mi presencia era tan evidente como su gracia.
—Semet, este hombre viene del Palacio de Topkapi.
—¿En verdad? —preguntó. Su voz, clara y envolvente, me dejó sin respuesta por un instante. Evitaba sostenerme la mirada.
—He venido a llevarte al Palacio. El Sultán, que Alá lo bendiga y bendiga el aire que respira, desea conocerte. Nuestro soberano quiere que vivas allí, Semet. Ha oído hablar de tu…
Sus ojos se iluminaron, sus labios se abrieron un poco más, revelando la perfecta alineación de sus dientes. Miró a su padre, que había vuelto a su serenidad estoica, y luego a mí. En aquella mirada esmeralda danzaba algo más que juventud y vida: una mezcla de inocencia y sexualidad, apenas insinuada, como una llama que aparece y se oculta en el mismo instante.
—Continuad, emisario —intervino su padre, devolviéndome a la realidad.
—Semet, necesito hacerte unas preguntas. Después, si todo marcha bien y tu padre está de acuerdo, partiremos hacia el Palacio, donde podrás vivir junto al gran soberano, que Mahoma, el único y verdadero profeta de Alá, sea alabado.
—Ya, aquí tiene su “entrevista” —dijo el padre.
Saqué de entre los pliegues de mi capa una pesada bolsa de monedas, sujeta al hombro por una correa de cuero. Sus ojos siguieron cada uno de mis movimientos mientras la dejaba junto a la tetera humeante. Aflojé el nudo de cáñamo y la bolsa cedió hacia un lado, una moneda rodó hasta el suelo. El hombre se inclinó, la examinó con detenimiento y la mordió. Al ver el sello reciente del Imperio, alzó la mirada hacia mí, sorprendido.
—No sois un impostor… Es oro. Alá es el único Dios y Mahoma su profeta.
—¿Podría concederme una entrevista privada con Semet? Debo asegurarme de que es digna del Sultán.
—¿No es esto suficiente? ¿Pretende verla a solas?
—Yo actúo en nombre del Sultán. Lo que diga a Semet puede tomarse como palabra suya. Y él ha dispuesto que hable únicamente con ella. Así se hacen estas cosas, amigo mío. No albergo mala intención alguna, que Alá escuche mis palabras y me juzgue por ellas.
—Hay otra habitación. Podréis hablar allí, dentro de mi casa. Yo permaneceré aquí.
Se levantó y abrió una puerta de madera que daba a un cuarto estrecho, apenas iluminado. Fardos de tela se apilaban contra las paredes, y varios libros de encuadernación curtida descansaban ordenados en un rincón. Dos cojines servían de asiento. Trajo una lámpara y la dejó en el suelo.
—Estaré justo al otro lado de la puerta, Semet. No dudes en llamarme.
Asentí y guié a Semet hacia el interior. Al pasar junto a mí, advertí que era más menuda de lo que había imaginado: apenas me llegaba al pecho —aunque yo sobrepaso en altura a la mayoría de los hombres—. Un tenue aroma a lavanda rozó mis sentidos. Su presencia tenía algo de criatura delicada, casi felina, más que humana. Cerré la puerta tras nosotros.
A la luz vacilante de la lámpara contemplé su figura de espaldas. Vestía una túnica de algodón rojo. Sus hombros eran pequeños, frágiles, la línea de su espalda descendía hasta una cintura increíblemente estrecha, ceñida por un cinturón del mismo material que mantenía la prenda cerrada.
Bajo aquella diminuta cintura, sus caderas se ensanchaban con seductora voluptuosidad, irresistible. Sus nalgas eran exquisitamente redondas. Cada gluteo tenía la forma plena y jugosa de una cebolla fresca. Aquel era el legendario trasero del que había oído hablar a los marineros en los cafés de Estambul.
Debió de sentir el peso de mi mirada en sus exuberantes nalgas, porque se volvió de pronto y me sorprendió observándola, con los ojos aún prendidos en su silueta.
Asentí y aclaré mi garganta.
—Eh… siéntate, Semet.
Obedeció y se acomodó sobre uno de los cojines. La lámpara era antigua; su vidrio, amarillento y oscurecido, teñía la estancia de una luz opaca, casi anaranjada, que parecía suspender el tiempo.
—Es la primera vez que estoy a solas con un hombre desde que era una niña… Perdón si me siento incómoda —murmuró, más para sí que para mí. Sus ojos vagaban por la habitación, como si acabara de despertar en un mundo desconocido.
—Entonces… ¿Semet, deseas ir al Palacio?
—Sí. Me encantaría. ¿Cree que… el Sultán podría encontrarme atractiva?
—Considero que sí.
—Qué maravilloso será conocerlo… ¿Es tan apuesto como dicen?
—Las mujeres lo encuentran… agradable —respondí, eligiendo mis palabras con cuidado—. Ya ha dejado atrás su años de juventud. ¿Tu edad, Semet?
—Diecinueve.
—¿Has vivido siempre aquí, en Remuli? ¿A qué dedicas tus días?
—Limpio… y coso prendas para mi padre. Vendemos gorros tejidos en el muelle, para los mercaderes y pescadores que pasan. Él tiene una barcaza, gana dinero transportando piedra hacia la ciudad.
—¿Has tenido muchos pretendientes?
—Mi padre recibe visitas constantemente… algunos piden mi mano.
—Parece que todo el Imperio sabe de tu belleza.
—Había un pescador que vivía aquí… ha estado enamorado de mí desde que tengo memoria. Se lo contó a otros, y esos a otros más… Dice mi padre que a lo largo del Bósforo hablan de mi belleza.
—Entonces, ¿crees que eres hermosa?
Apartó la mirada y se cubrió la boca, como si accidentalmente me hubiera revelado un secreto suyo.
—Eso dicen todos…
—Lo eres, Semet.
Guardó silencio. La luz tenue jugaba sobre su rostro, acentuando la delicadeza de sus facciones.
—¿Puedo ver tus manos? —pregunté.
Me las ofreció. Desde el cojín opuesto, las tomé entre las mías: eran frías, finas, casi frágiles, diminutas frente a mis manos endurecidas por los años y la guerra.
—¿Y tus dientes? ¿Podrías abrir la boca, por favor?
Obedeció con docilidad. Me incliné ligeramente, observando la perfección ordenada de su dentadura. Su respiración era leve, su lengua tembló apenas, como si incluso aquel gesto la expusiera más de lo que deseaba. Aquella lengua virginal encendió la sangre de mi pene y sentí cómo mi virilidad despertaba con fuerza. Intenté ignorar, con todas mis fuerzas, ese deseo que había prendido en mis entrañas.
Me incliné hacia ella hasta que mi voz se convirtió en un susurro. Tenía la sensación de que su padre estaba justo al otro lado de la puerta, tal vez incluso observándonos, si conocía alguna rendija en la pared.
—Necesitaré explorar el interior de tu boca para examinar tus dientes. ¿Te parece bien?
Ella asintió con cuatro movimientos breves y rápidos, sus ojos, cargados de timidez, apenas se atrevían a encontrarse con los míos antes de huir de nuevo.
Atenué la llama de la lámpara hasta que la habitación quedó sumida en una penumbra densa, por si el padre vigilaba desde fuera. Semet permanecía en silencio frente a mí, sentada sobre el cojín. Ambos estábamos sentados en el suelo: yo con las piernas cruzadas y ella con las suyas recogidas hacia un lado con graciosa contención. Nos separaba apenas la mitad de un brazo, una distancia breve que parecía cargada de un extraño peso.
—Ábrete para mí, Semet —susurré con voz baja y calmada.
Mantuve el dedo índice erguido, señalando con claridad lo que pronto entraría en su boca durante los siguientes momentos.
Sus labios perfectos se separaron y sentí el calor húmedo de su boca. Mi dedo penetró más allá de sus dientes y percibí cómo estos rozaban ligeramente la parte superior e inferior. Lo mantuve allí un instante, y su lengua —tan joven y ansiosa— rozó mi dedo por accidente. Aquel contacto inocente me estimuló hasta el límite.
Observé su rostro: tenía los ojos cerrados, concentrada en mi dedo dentro de su boca. El velo enmarcaba ambos lados de su cara. Imaginé que mi dedo era mi pene. Qué ajustado estaría en su boca… Apenas había podido abrirse para un solo dedo. Empujé más profundo, hasta el fondo de su garganta, y ella tuvo una arcada, pero no antes de que yo sintiera la tierna estrechez de su garganta.
Tosió y sus ojos se humedecieron. Retiré entonces mi dedo cubierto de saliva.
—Aún no he terminado, Semet —le dije. Ella asintió y aclaró su garganta con una tos frágil.
Mi dedo volvió a entrar. Su hermosa boca lo aceptó en un lento empujón. Su respiración se volvió rápida, exhalando breves y calientes soplos contra la parte superior de mi dedo. Estaba nerviosa y claramente no le gustaba tener mi dedo en su pequeña boca. Sin embargo, esa misma resistencia me excitaba y me impulsaba a prolongar el examen de su deliciosa abertura facial.
Gentilmente comencé a follarle la boca con mi dedo. Ella permanecía allí, inocente, mientras yo entraba y salía de sus labios. Aquella era, en efecto, su primera penetración. Ese primer momento tenía un significado especial para mí, porque ella no tenía la menor idea de lo que realmente estaba ocurriendo.
—Muy bien, Semet. Ahora cierra tus labios alrededor del dedo.
Sus labios, mullidos como almohadas, se cerraron con suavidad alrededor de mi dedo: ligeros como una pluma, pero los suficientemente firmes para generar una fricción exquisita. Ahora, era más sencillo imaginar mi pene deslizándose en su tierna boca. Sus ojos estaban cerrados. Su barbilla se proyectaba hacia mí, ansiosa por recibir cada movimiento. Sus labios se hinchaban con cada embestida, envolviendo el dedo que entraba y salía de su tibia boca, húmeda y resbaladiza.
Saqué el dedo lentamente y lo limpié contra mi túnica. Vi cómo su lengua danzaba nerviosa sobre sus labios, recogiendo el exceso de saliva que ella misma había generado.
—¿Es suficiente? —preguntó con nerviosismo. En su expresión se adivinaba el temor de escuchar alguna crítica.
—Ahora voy a hacerte algunas preguntas, y debes responder con sinceridad. De ello depende que puedas conocer al gran Sultán.
—¿Qué preguntas?
—¿Has estado alguna vez con un hombre?
—No —respondió ella con voz clara y baja—. Nunca.
Eso era todo. Eso era lo único que se requería de mí. Nada más se me exigía preguntarle. Todo mi adiestramiento, impartido por el Gran Visir y el jefe de los Eunucos, se reducía a asegurar que fueran las vírgenes más bellas, nada más. Al sultán le complacían los dientes cuidados y las manos delicadas, y ella poseía ambas cosas.
Aquel fue el punto de quiebre en mi vida: el instante en que comencé a traicionar al Imperio que me había criado, que me había dado la oportunidad de demostrar mi fe en Alá en los campos de batalla del este y de vivir bajo los dominios del Sultán.
En lugar de conducirla de regreso con su padre para que preparara su equipaje y emprender el viaje de regreso a Estambul al amanecer, decidí que deseaba contemplarla desnuda, en toda su carne.
¿Era posible que, en mi posición, pudiera contemplar desnuda a la mujer más hermosa que jamás habían visto mis ojos? ¿Podría despojarla de su inocencia y arruinar un regalo destinado al Sultán? ¿Sería capaz de hacerlo y vivir con ello?
En aquel instante terrible, Semet me sonrió y jugueteó nerviosamente con sus dedos, como si ignorara por completo el conflicto que ardía en mi interior.
—Ahora viene lo más difícil, Semet. Sé que tu rostro es hermoso. Eso es evidente —hice una pausa y ella me sonrió—. Pero también necesito comprobar si tu cuerpo es igual de bello.
—¿Mi Señor? —su voz cambió de tono y una sombra de miedo cruzó su rostro.
Y con aquellas palabras me convertí en un traidor. Qué fácil resultaba caer en el lado del mal. De pronto lamenté haber hablado. Fue como si hubiera clavado un puñal en la carne del propio Sultán. Alá jamás me perdonaría.
Con la sencillez de quien ha sido bien enseñada, respondió:
—Solo un esposo puede ver el cuerpo de su mujer.
Temí que saliera corriendo y se lo contara a su padre. Me lincharían, o peor aún, avisarían a los soldados y terminaría arrestado y ejecutado.
—Debo ver tu cuerpo y comprobar que no haya imperfecciones… para el… Sultán, alabado sea. Es mi deber asegurarme de que eres la mujer adecuada para el Emperador. Ahora debes confiar en mí. ¿O debo decirle a tu padre que no deseas ir al Palacio?
—No… —respondió, cortando sus propias dudas. Su mente vacilaba, estaba insegura, pero decidida.
—¿Puede ver el pestillo en la puerta, mi señor?, bajelo.
Levanté la vista y vi el cierre de latón que impedía abrir la puerta desde fuera. Me puse en pie rápidamente, lo aseguré, y regresé a mi sitio, aguardando.
Semet se levantó. Dudó apenas un instante, luego desató el cinturón y abrió la túnica. Debajo no llevaba nada. Dejó caer la prenda al suelo, permitiéndome contemplar su cuerpo desnudo. Temblaba, aunque la habitación no estaba fría. La vergüenza la inundó y tiñó sus mejillas de rojo.
Sus senos eran unos pequeños montículos, firmes, con los pezones rosados erguidos desafiantes hacia el techo. Cruzó los brazos rápidamente para cubrirlos. Su vientre era plano y los huesos de la pelvis se curvaban con gracia para sostener sus gigantescas nalgas. Entre sus piernas, un pequeño triángulo de vello negro se abultaba. Su monte de Venus parecía muy pequeño, casi oculto bajo su suave vello femenino. La parte frontal de sus muslos se alzaba con plenitud debido a la carne generosa que contenían.
—Ahora date la vuelta, Semet. Muéstrame tu posterior. Muy bien —dije. Mi boca se había llenado de espesa saliva.
Sus glúteos eran dos abultados globos de suave mantequilla. Una afilida línea negra recorría el centro de aquella carne redonda, marcando la raja de sus nalgas. Cambió el peso de su cuerpo y el glúteo izquierdo se proyectó hacia mí, flexionándose con firmeza. Qué no habría dado por recorrer aquella carne con mi lengua, con mis manos, con mi pene… Deseaba más que nada en el mundo tomar aquella suculenta carne entre mis dedos.
—Ahora, Semet, ¿podrías inclinarte hacia adelante? Apoya las manos sobre las rodillas.
—¿Está seguro de que necesitamos hacer esto?
—Es parte del proceso, Semet. Sé que te sientes incómoda, como yo. Esto es difícil para ambos, pero debemos hacer lo que se requiere. Ya estás a medio camino… no querrás haber llegado hasta aquí para nada, ¿verdad?
Ella volvió el rostro hacia mí. Aquellos ojos gigantes me observaron y pude ver que buscaba confirmar si hablaba en serio. Asentí, esforzándome al máximo para no dejar que el gozo se reflejara en mi rostro.
Se inclinó tal como le había pedido.
Incluso ahora, si cierro mis ojos, puedo ver el cuerpo inocente de Semet frente a mí: su piel desnuda y tersa sobre sus curvas femeninas. Sus dos nalgas expuestas. Entre sus piernas, como cuando las nubes se abren para dejar pasar un rayo de sol radiante, se asoma un montículo fértil, coronado por dos suaves labios que me contemplan desde debajo, custodiado por dos suculentas nalgas de carne jugosa y temblorosa. Allí, en ese valle secreto, la promesa de un paraíso húmedo y cálido palpita con cada latido, invitándome a perderme en su profunda dulzura.
—¿Eso es todo? —preguntó ella, todavía de espaldas a mí.
—Muy bien, Semet —respondí.
Se incorporó y se inclinó para recoger su túnica, cubriéndose los pechos con un brazo. El rubor le incendiaba el rostro, y evitaba mirarme, manteniendo siempre la cabeza girada hacia un lado.
—Entonces… ¿puedo ir al palacio?
—Eso es lo que deseas, ¿no es así, Semet?
—Sí. Me gustaría mucho ir y conocer al Sultán.
—Bien. Has superado la prueba. Estoy seguro de que tendrás una audiencia con él —noté que había hablado con demasiada prisa. La visión de su espalda desnuda realmente me había dejado sin aliento.
—¿Eso es todo? —permaneció de pie mientras yo seguía sentado—. ¿Puedo irme ya?
Me levanté y me acerqué a ella. Semet giró el rostro, evitando mirarme. Deslicé un dedo bajo su barbilla y levanté suavemente su cara para obligarla a mirarme. Su belleza volvió a irrumpir en mí, llenándome el pecho. Bajo aquel velo de inocencia, percibí una sexualidad que bullía, que hervía en lo más profundo de su ser.
Nos miramos fijamente durante un instante. Mi rostro se encontraba apenas a un palmo del suyo. Empujé con suavidad mi erección contra su vientre. Qué sensación tan maravillosa sentir mi miembro palpitante presionando contra su juvenil cuerpo. Coloqué mis manos sobre sus amplias caderas y la atraje hacia mí. Mi pene, duro como un hierro candente, se clavó contra su carne y supe que lo había percibido. Su cuerpo se tensó de golpe, como una vela que se llena bruscamente con el viento de la tarde.
Desde sus amplias caderas, mis manos descendieron con lentitud deliberada hacia sus carnosas nalgas. Si, eran mágicas, dos obras maestras de carne viva: pesadas, redondas y perfectas, creadas solo para el placer.
Mis palmas se llenaron hasta el límite de su exuberante redondez, sintiendo cómo aquella carne blanda y ardiente se desbordaba entre mis dedos. Dos hemisferios de terciopelo y miel, rebosantes de un exceso delicioso que colgaba pesadamente. Con una mano en cada glúteo, aprete con firmeza.
Solo Alá, alabado sea su nombre, sabe cómo su carne cedió bajo mis dedos. Solo el Sultán y yo podríamos atestiguar lo delicada y plena que era su grupa.
Ella no se resistió, ni me apartó, ni buscó cambiar de posición. Permaneció completamente inmóvil, como una cierva paralizada ante la presencia de su cazador. Era como si aquel contacto íntimo con su abultado tesoro fuera un acto inevitable, un ritual que el destino había decretado debía suceder.
Durante toda su vida, aquellas exuberantes nalgas no habían sido disfrutados por ningún hombre, y ahora, por vez primera, las entregaba a alguien, ofreciéndole su abundancia para que saciara en ellas su placer más primitivo. Vi esta realización en su rostro, como un relámpago rasgando el cielo nocturno. Brilló con fuerza en sus ojos verdes… y luego se hundió lentamente en las profundidades esmeralda de su mirada, dejando solo un estremecimiento de deseo desnudo.
—¿Puedo irme ya? —preguntó.
—Sí.
Su padre estaba de pie fuera de la habitación. Tenía los brazos cruzados y el ceño ligeramente fruncido. Sobre la mesa, un puñal reposaba a la vista de todos.
—¿Ha pasado la inspección?
—Sí.
Entonces dirigió la mirada hacia su hija Semet.
—Dime, ¿este hombre te ha hecho algún daño? ¿Te ha tocado, Semet?
Sentí que la respiración se me detenía. Un sudor frío me cubrió la frente. Miré a Semet, y nuestras miradas se cruzaron apenas un instante.
Su boca se abrió, pero ninguna palabra salió de ella. El rubor le cubría el rostro, más intenso que antes. La evidencia de mi transgresión estaba escrita claramente en su semblante. Me preparé, conteniendo la respiración, esperando el golpe.
—No, padre. No me ha tocado.
Disclaimer: Este relato no es de mi autoría y su autor es desconocido. Es una de mis historias favoritas, y me he tomado el tiempo de traducirla del ingles al español y adaptar su ambientación con el fin de acercarlo a lectores hispanohablantes. Todos los derechos pertenecen a su autor original






