Valentina, La Chica del Clima - Parte 2
La fiesta seguía en su apogeo. Las luces eran más tenues, la música más fuerte y el alcohol empezaba a soltar las lenguas de todos. Valentina estaba en la mesa riendo con un grupo de socios, su coleta alta balanceándose cada vez que movía la cabeza. Yo ya no aguantaba más la presión en la vejiga y el nudo que tenía en el estómago, así que me disculpé y me dirigí al baño de hombres.
Estaba orinando en uno de los mingitorios cuando la puerta se abrió y entró Rodrigo. Se colocó justo al lado mío, abrió la cremallera y sacó su verga sin ningún pudor. Era grande, gruesa, y pesada, con las venas marcadas, mucho más grande que la mía. No pude evitar mirarla de reojo mientras él soltaba un chorro fuerte y largo. Mi propio pene se veía pequeño, casi ridículo al lado del suyo.
Rodrigo soltó una risita baja, como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
—Joder, cuñado… ¿has visto lo tetona y nalgona que se ve Valentina con ese vestido? —dijo sin dejar de mear—. Ese culo parece que va a reventar la tela en cualquier momento. Y esas tetas…, carajo!. ¿No te pone cachondo saber que todos eso viejos pervertidos de la fiesta se la quieren coger?
No respondí. Sentí que la cara me ardía. Terminé rápido, me sacudí y empecé a subirme el cierre. Rodrigo terminó también, sacudió su enorme verga un par de veces más de lo necesario.
—Tranquilo, Diego —dijo con una sonrisa arrogante. Solo te estoy jodiendo, cabrón. Quiero mucho a mi prima y no dejaría que cualquier imbécil se le acerque… aparte de ti, claro. Jajajaja.
Se subió la cremallera con lentitud, como si quisiera que viera una última vez el tamaño de lo que llevaba entre las piernas. Luego se acercó un poco más, bajando la voz con tono burlón:
—Por cierto, mi papá te está esperando afuera. Quiere hablar contigo a solas. No lo hagas esperar, ¿eh?
Antes de que pudiera irme, me dio una palmada fuerte, casi amistosa en el hombro con la mano que se habia agarrado su verga. Salió del baño riendo.
Yo me quedé unos segundos frente al lavabo, las manos temblando mientras me las lavaba. El corazón me latía con fuerza y la humillación me quemaba la cara.
Don Armando estaba de pie en el pasillo lateral, cerca de los jardines, fumando un cigarro cubano. Cuando me vio, apagó la colilla con el zapato y me hizo una seña para que me acercara. La presencia del viejo era imponente: alto, robusto, con el cabello canoso perfectamente peinado y esa mirada de quien está acostumbrado a que nadie le diga que no.
—Diego, hijo —empezó con voz grave y calmada—. Ven, caminemos un poco. Necesito charlar contigo.
Caminamos unos metros por el pasillo poco iluminado. La música de la fiesta llegaba amortiguada. Me puso una mano pesada en el hombro, casi paternal.
—Primero quiero que sepas que quiero mucho a Valentina. La crié como si fuera mi hija después de que mi hermano muriera. Le di todo: educación en las mejores escuelas, ballet, viajes, gimnasio, ropa, oportunidades… Todo. Pero también soy hombre, Diego, y desde hace años miro a mi sobrina y ya no veo solo a la niña que crié, veo a la mujer que se ha convertido, una mujer con un cuerpo de infarto. Esas tetas, pero sobre todo… ese culo. Tengo que ser brutalmene honesto contigo Diego, tengo deseos carnales por ella, deseos muy fuertes. Quiero follármela, quiero hacerla mía.
Tragué saliva. El corazón me latía desbocado. Él continuó sin rodeos:
—Pero, además de eso, soy también un hombre de negocios. OroTV necesita ratings y grandes contratos. Valentina es perfecta para eso. Con su hermoso rostro y ese cuerpo de puta cara va a volver loco a nuestros anunciantes y a los socios. La vamos a usar también para cerrar negocios importantes. Ella va a ser la moneda de cambio más valiosa que tendremos en la empresa.
Se detuvo y me miró directamente a los ojos.
—Te estimo a ti también, Diego. Llevas ¿que?, casi diez años con ella. Eres como parte de la familia. Por eso te estoy hablando claro, de hombre a hombre, en vez de hacer todo a tus espaldas. Te lo voy a decir sin rodeos: vas a tener que compartir el cuerpo de Valentina con otros hombres. Conmigo, con mi hijo Rodri, y muy problemente con algunos otros socios y funcionarios importantes cuando sea necesario. Ese siempre fue el destino de Valentina, aunque ella todavía no lo entienda del todo. Las mujeres como ella, con ese físico, no pueden pertenecer a un solo macho, entiendelo hijo.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran.
—Pero escúchame bien: tú también vas a beneficiarte. Mejor posición social, más dinero, un mejor departamento, un coche nuevo, ascensos en la cadena… Todo lo que nunca podrías darle tú solo con tu sueldo de administrativo.
Valentina va a vivir como una reina y tú vas a vivir bien a su lado. Solo tienes que aceptar la realidad: ya no podrás tenerla solo para ti. Tendrás que compartirla. Y si eres inteligente, aprenderás a disfrutar viéndola entregarse a hombres que pueden darle lo que tú no puedes.
Me quedé callado, con la boca seca. Sentía náuseas, vergüenza… y, para mi horror, una erección incómoda presionando contra el pantalón.
Don Armando sonrió ligeramente, como si lo hubiera notado.
—No tienes que responder ahora. Solo piensa en lo que más les conviene a los dos. La próxima semana empezaremos a preparala. Poco a poco.
Mientras terminaba de decir estas últimas palabras, se relamió los labios, con evidente lujuria, al mismo tiempo que me soltaba otra palmadita en el hombro, esta vez más fuerte,
—Eres un buen chico, Diego. Pero en esta vida, los buenos chicos aprenden a compartir o se quedan solos. Piensa en ello.
Se dio la vuelta y regresó hacia la fiesta, dejándome ahí parado en el pasillo, con la cabeza dando vueltas y el pene todavía medio duro.
Cuando volví a la mesa, Valentina me sonrió inocentemente.
—¿Todo bien, amor?
Asentí sin poder articular palabra alguna.
Rodrigo, sentado a su lado, me guiñó un ojo con esa sonrisa de lobo.
Don Armando levantó su copa hacia mí desde el otro extremo de la mesa, como si hubiéramos sellado un pacto silencioso.
El trayecto de regreso a casa fue muy distinto para Valentina y para mi.
Ella iba radiante, emocionada y contenta. No paraba de hablar, moviendo las manos y girándose hacia mí cada pocos segundos. Su coleta alta se había soltado un poco y algunos mechones caían sobre su cuello desnudo. El vestido negro seguía marcando cada curva de su cuerpo: las tetas grandes y pesadas se movían con el movimiento del coche, y cada vez que cruzaba las piernas las aperturas laterales dejaban ver sus gruesos muslos.
—Amor, ¿te das cuenta? ¡Voy a ser la chica del clima de OroTV! Mi tío dice que voy a tener mi propio set, ropa especial, hasta un estilista. Por fin voy a poder mostrar lo que valgo. Imagínate… yo en la televisión todos los días. ¡Estoy tan feliz!
Yo conducía en silencio, con las manos apretadas en el volante. Las palabras de Don Armando seguían retumbando en mi cabeza como golpes sordos: “Vas a tener que compartirla… Ese siempre fue su destino… Te vas a beneficiar también, pero tendrás que aprender a compartirla.”
Tragué saliva y, sin poder contenerme, solté en voz baja, casi para mí mismo:
—Joder, Valentina… ¿en qué carajo nos estamos metiendo?
Ella giró la cabeza hacia mí, todavía con esa sonrisa ilusionada en los labios.
—¿Qué dijiste, amor?
—Nada —mentí, forzando un tono casual—. Solo pensaba en voz alta.
No quería que aceptara el trabajo. Una parte de mí quería gritarle que lo rechazara, que nos fuéramos lejos de OroTV, de su tío y de su cabrón primo. Pero sabía que ya no había opción. El plan estaba en marcha. Don Armando ya lo había decidido asi desde hace tiempo. Y yo… yo solo podía mirar cómo todo esto se ponía en movimiento.
Valentina seguía hablando, ajena a mis pensamientos:
—Va a ser bueno para nosotros, Diego. Más dinero, mejor vida… Tú también vas a subir de puesto, seguro. Mi tío te aprecia mucho.
Asentí sin decir nada. Ella interpretó mi silencio como cansancio y puso su mano sobre mi muslo, acariciándome suavemente.
Llegamos al departamento en la Condesa casi a las 3 de la mañana. Apenas cerramos la puerta, Valentina se acercó a mí, me rodeó el cuello con los brazos y me besó con ternura. Sus tetas pesadas se aplastaron contra mi pecho.
—Gracias por acompañarme hoy —susurró contra mis labios—. Te amo tanto, Diego.
Nos hundimos en un profundo beso. La llevé hasta nuestra habitación sin encender las luces principales. Solo la lámpara de la mesita de noche quedó encendida.
Le bajé lentamente el vestido con las manos temblorosas, no de nervios, sino de pura rabia y lujuria acumulada. La tela negra se deslizó por su cuerpo y cayó al suelo como un trapo inútil. Valentina quedó solo con ese tanga negro ridículo que apenas cubría su coño perfectamente depilado.
Me alejé un paso para contemplarla mejor: “Cuerpo de puta cara”, resonaron otra vez las palabras de su tío Armando en mi cabeza. Cintura pequeña, abdomen plano, tetas grandes y redondas, y ese culo…
Caí arrodillado ante ella como un perro, como un perro en celo. Agarré el tanga con fuerza y se lo arranqué de un tirón brutal. Valentina soltó un chirrido agudo de dolor.
—¡Ay! ¡Diego, qué carajo! —exclamó.
No le di tiempo a reaccionar. Me hundí en su depilado chocho con desesperación primitiva. Hundí la cara entre sus piernas y empecé a devorarla de forma angustiosa, chupándole sus hinchado clitoris con fuerza, como si buscara arrancárselo, metía la lengua lo más profundo que me era posible en ese agujero de placer.
Valentina gimió fuerte, pero su voz sonaba confundida:
—Diego… ¿qué pasa? —jadeó entre gemidos. —¡Ahhh!, ¡Ahhhhhhhh!
Mis manos rodearon sus estrecha cintura, y bajaron ansiosas hasta sus glúteos. Los apreté con fuerza salvaje, los junté hasta casi fusionarlos, y luego los separé con toda mi rabia, abriendole el culo como si quisiera partirla en dos. Mantuve sus nalgas abiertas un largo rato mientras lamía su coño empapado como un loco.
Mis dedos se hundieron en la caliente y sudorosa raja de su culo, acariciaron su perineo empapado, y llegaron hasta su pequeño y apretado ano rosado. Sin piedad algúna, presioné mi dedo medio contra ese esfínter apretado, intentando metérselo a la fuerza aunque fuera un centímetro.
Valentina jadeó fuerte y cerró sus protuberantes nalgas instintivamente, negándome el paso.
—Diego… ahí no —susurró con voz entrecortada y algo asustada—. ¡Por favor, para!
Ignoré su súplica por unos segundos más, empujando mi dedo con mayor urgencia, pero al final, frustrado y rabioso por su resistencia, renuncié a mi esfuerzo de sodomizarla de esa manera.
Me levanté como un loco y me abalancé sobre sus pesadas tetas, ellas tendrían que pagar la negación.
Lamí toda la circunferencia de sus tetones como un bruto, embarrando saliva por todas partes, como si estuviera marcando mi territorio. Luego junté ambas tetas con fuerza y empecé a morder y succionar sus pezones con saña, tirando de ellos con los dientes.
La sola idea de compartirla me estaba desquiciando por completo. Sentía una mezcla de rabia, celos y una excitación enfermiza que no podía controlar. Quería follármela de la misma manera que esos viejos de la fiesta querían hacerlo: de forma cerda, brutal… deshumanizada. Quería reventarle el culo, llenarle la boca de mi semen hasta que vomitara, tratarla como la puta que ellos ya veían en ella.
Valentina tomaba mi cabello con desesperación, tirando fuerte, entre excitada y aterrorizada.
—¡Para, Diego! ¡Para ya! —gritó, jalándome el pelo con fuerza—. ¡He dicho que pares! ¿Qué mierda te pasa?
Me quedé jadeando sobre sus tetas, con la boca llena de saliva y el corazón desbocado. Levanté la vista. Valentina me miraba con sus hermosos ojos: excitada, sí, pero también llena de desconcierto y preocupación.
—Amor… ¿qué ocurre? —preguntó con voz suave pero firme—. Tú no eres así. ¿Qué te está pasando?
Respiré hondo varias veces antes de contestar con voz ronca:
—Es… es la mezcla del alcohol con ese puto vestido que traías puesto esta noche… —mentí, respirando agitado—. Y la forma en que todos esos hombres te miraban esta noche… como si quisieran comerte viva. Bueno… al menos esa parte era verdad, pensé.
Valentina me miró a los ojos un momento. Luego acarició mi mejilla con ternura.
—¿Estás celoso, Diego?
—No —respondí rápidamente, aunque ambos sabíamos que era mentira—. No estoy celoso.
Ella sonrió con dulzura y me besó la frente.
—No tienes que preocuparte por ningún hombre, amor. Yo solo tengo ojos para ti. Eres mi dulce príncipe azul…el único que siempre ha estado conmigo. Mi primer hombre, mi mejor amigo, mi novio, y mi único amante. Te veo como el futuro padre de nuestros hijos, el hombre con el que quiero despertar todos los días y construir una vida. Por eso mismo… te pido que no me trates como una puta. ¿Entiendes? Yo te amo tal como eres, Diego. Con todo mi corazón.
Asentí en silencio, todavía con la respiración agitada.
Valentina se recostó lentamente en la cama, abrió las piernas con suavidad y me miró con una mezcla de amor y ternura. Esta vez hice el amor con ella de forma dulce y profunda. Me coloqué encima con cuidado, mirándola fijamente a los ojos mientras entraba y salía de su coño caliente con movimientos lentos, suaves y controlados. Valentina gemía bajito, abrazándome fuerte, sus uñas clavándose suavemente en mi espalda.
—Te amo, Diego… —me susurró al oído mientras yo estaba dentro de ella, su voz entrecortada por el placer—. Haría cualquier cosa por ti. Eres el amor de mi vida.
Ambos llegamos al orgasmo casi al mismo tiempo. Yo me derramé dentro de ella con un gemido ahogado. Valentina se arqueó debajo de mí, apretándome con sus gruesas piernas mientras temblaba y gemía mi nombre con dulzura.
Nos quedamos abrazados largo rato, respirando agitados, el sudor de nuestros cuerpos se mezclaba. Ella me acariciaba la espalda con ternura, como si quisiera borrar todo lo salvaje que acababa de pasar.
Después de unos minutos, Valentina se quedó callada, mirando el techo con expresión pensativa. Luego continuó con una voz suave, casi nostálgica:
—También quiero mucho a mi tío Armando… —susurró—. Él es como un padre para mí desde que mi verdadero papá murió y mi mamá nos dejó sin decir nada. Él me crió, me dio todo. Y a Rodrigo lo quiero como a un hermano mayor. Ellos dos son todo lo que tengo en el mundo, aparte de ti. Son mi familia, Diego, y yo haria cualquier cosa por ellos. Cualquier cosa.
Asentí y la abracé más fuerte, sin decir nada. La besé en el cuello, en los hombros, cerca de sus tetas, inhalando su aroma, tratando de grabar ese momento en mi memoria. Porque sabía, con una certeza que me helaba la sangre, que pronto todo cambiaría. Y ella, inocente y confiada, no tenía la menor idea de lo que se avecinaba.
Después de terminar, nos quedamos abrazados unos minutos. Valentina se durmió casi de inmediato, satisfecha y feliz, con una sonrisa tranquila en los labios. Yo no podía dormir. Me levanté con cuidado, me puse un bóxer y fui a la cocina por un vaso de agua. Bebí despacio, mirando por la ventana hacia la calle oscura de la Condesa.
Cuando regresé a la habitación, la escena me golpeó como un puñetazo.
Valentina estaba desnuda, de perfil, iluminada solamente por la luz plateada de la luna que entraba por la ventana. Yacía de lado, con una pierna ligeramente flexionada. Su figura curvilínea era fascinante: la pequeña cintura bien definida, el abdomen plano, las tetas grandes y pesadas descansando una sobre la otra, y sobre todo… ese culo enorme, redondo, obsceno que se elevaba como una obra de arte. La profunda raja que dividía sus nalgas era larga, oscura y soezmente perfecta, delimitando bien esos dos globos de carne que brillaban tenuemente bajo la luz de la luna.
Me quedé parado en la puerta, mirándola sin poder moverme.
Ahí estaba la mujer que amaba desde que era una adolescente. Hermosa, inocente, ambiciosa… y completamente ajena a lo que su tío y su primo planeaban hacerle.
En ese momento lo entendí con total claridad. El momento más tormentoso de mi vida había llegado. Tendría que compartirla. Tendría que ver cómo otros hombres tocarían, besarían, y follarían ese cuerpo que yo creía era solo mío. Tendría que escucharla gemir nombres que no serían el mío.
Y lo peor… era que una parte oscura de mí ya empezaba a excitarse con solo imaginarlo.
Me acerqué lentamente a la cama, me acosté a su lado y la abracé por detrás. Mi verga, ya medio dura otra vez, se acomodó a lo largo de la profunda y tiba raja de sus nalgas.
Valentina suspiró dormida y se pegó más a mí. Yo cerré los ojos, sabiendo que ya nada volvería a ser igual.



