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Valentina, La Chica del Clima - Parte 1

Mi nombre es Diego y llevo casi una decada enamorado de la misma mujer.

Cuando Valentina y yo nos conocimos, solo éramos dos adolescentes. Aun así, ella ya era toda una tentación. El ballet y la gimnasia habían moldeado su delgada figura con una precisión exquisita: cintura estrecha y delicada, caderas que comenzaban a ensancharse de forma armoniosa pero provocadora, piernas gruesas y tonificadas, y sobre todo, unas tetas redondas, descaradamente firmes, imposibles de ignorar.

Cierro los ojos, y aún recuerdo, como incluso entonces, Valentina ya despertaba miradas cargadas de deseo en muchos hombres maduros. Inocente del fuego que provocaba con cada movimiento, sus curvas hacian que más de uno quedara atrapado en pensamientos prohibidos.

Fuí su primer amigo, su primer novio, y su único amante. He sido el único que la ha conocido en todo los sentidos. La he acompañado en cada instante importante de su vida, compartiendo risas, lágrimas, secretos y suspiros. Con el tiempo hemos tejido una conexión tan profunda que ya no sabemos dónde termina uno y dónde empieza el otro.

Cada vez que la miro, aún siento ese fuego suave y constante que nace de haber sido el primero en descubrir su cuerpo, en enseñarle el placer y en hacerla mía con paciencia y deseo. Somos inseparables, unidos no solo por el amor, sino por la intimidad más dulce que dos personas pueden compartir.

Veras, Valentina es hermosa de una forma que duele: ojos grandes almendrados, de mirada inocente y serena, enmarcados por un par de cejas pobladas perfectamente definidas. Nariz pequeña, recta y delicada, labios rosados, carnosos y jugosos, hechos para morder, para chupar, para imaginarlos alrededor de tu polla desde el primer día que la conoces. Su piel es clara pero ligeramente bronceada, con ese toque dorado del sol que la hace brillar. Su cabello, negro ondulado y espeso, que cae hasta sus caderas como una cascada oscura.

Y a pesar de todo ello, el tiempo fue generoso con Valentina… demasiado generoso.

Hoy, a sus veinticinco años, Valentina se ha convertido en una puta obra del deseo. Ya no practica ballet, ahora se mata en el gimnasio cuatro veces por semana, y el resultado es criminal: cintura imposiblemente estrecha, tan delicada y definida que parece un milagro que pueda sostener lo que viene después. Su abdomen es completamente plano, con esa suave linea que desciende tentadoramente hacia su monte de Venus. Y sus tetas.. Dios mío, sus tetas, se han convertido en dos melones pesados, redondos y perfectamente firmes, siempre amenazando con desborarse de cualquier escote.

Y aún así, nada, absolutamente nada, se compara con lo que ella tiene detrás.

Sus nalgas, sin duda alguna, se han convertido en su mejor atributo. A lo largo de todos estos años, Valentina ha desarrollado unos glúteos exuberantes, casi irreales. Sus nalgas son grandes, redondas, pero sobre todo, obsecenamente protuberantes. Lo que más hipnotiza es la raja que las divide: larga, profunda, y bien pronunciada, una línea perfecta que invita a la más morbosa perdición.

Durante la universidad, casi todos conocian a Valentina como “La Nalgas de Oro”, y vaya si lo era. Estoy seguro de que ese exuberante par de glúteos fue responsable de un interminable número de solitarias corridas y fantasías depravadas de muchos estudiantes y profesores por igual. No soy tonto, sé muy bien lo que provocan esas nalgas. Sé perfectamente que Valentina es la fantasía húmeda de muchos machos, los veo mirarla con ojos hambrientos, devorándola sin disimulo, imaginando cómo seria tocarla, disfrutarla, hundirse en ella.

Y sin embargo, yo… yo soy el afortunado que puede hacerlo. Al menos, por ahora.

Esa noche la observaba desde la cama mientras se vestía para la fiesta de aniversario de OroTV.

Valentina estaba de espaldas a mi, completamente desnuda. Se inclinó ligeramente para subir la tanga negra por sus gruesos y bien definidos muslos. La tela se extinguió completamente entre sus cachetes como si nunca hubiera existido. Luego, tomó el vestido negro elegante que habia elegido para la ocasión.

Ese vestido era una puta provocación disfrazada de elegancia.

Se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Dos aperturas altas en los costados dejaban que sus muslos gruesos quedaran expuestos casi hasta la cadera. Por delante, el escote profundo apretaba sus redondas tetas de una forma exquisita creando una canal profundo y oscuro entre ellas, como un segundo par de nalgas. Sus pezones, ligeramente marcados contra la fina tela, delataban que no llevaba sostén. Pero era por detrás, donde el vestido se tornaba verdaderamente obsceno.

La tela del vestido se ceñía a su pequeña cintura y luego explotaba en ese culo monumental. El vestido se hundía entre sus nalgas como si estuviera celoso de ellas, marcando claramente la separación entre esos dos glúteos perfectos. Cada paso que Valentina daba hacía que sus glúteos temblaran y se movieran con un balanceo hipnótico, pesado, morboso en todo sentido.

Se miró al espejo, giró un poco el cuerpo, y saco el culo hacia mi con descaro. La tela se adheria a su piel como si estuviera pintada, marcando sus curvas con lujuria.

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— ¿Cómo me veo, amor? —preguntó con esa voz dulce que todavía usaba conmigo.

Tragué saliva. Mi verga ya estaba dura dentro del pantalón.

—Estás… jodidamente perfecta —respondí con la voz ronca.

Valentina sonrió, satisfecha. Se acercó a la cama contoneando las caderas y se inclinó para darme un beso suave en los labios. Sus pesadas tetas rozaron mi pecho y sentí el calor de su cuerpo.

—Hoy es importante —susurró—. Mi tío Armando dijo que van a estar todos los socios y varios funcionarios del gobierno. Tengo que causar buena impresión.

Asentí, aunque algo dentro de mí se removió incómodo al escuchar el nombre de su tío.

Ella se incorporó, se dio la vuelta y caminó hacia el espejo otra vez. Se acomodó el vestido tirando un poco de la tela hacia abajo, pero fue inútil: ese culo seguía escapándose por los lados, provocador, casi indecente.

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Y yo no podía dejar de mirarlo.

Sabia que el aniversario de la empresa de su tío, el gran empresario Armando Villareal seria elegante, llena de gente importante. Todos iban a verla. Todos iban a desearla. Iba a entrar a ese salón con ese vestido que apenas contenía su cuerpo, con las tetas casi escapándose del escote y ese culo moviéndose con cada paso, y yo sabía exactamente lo que pasaría por la cabeza de cada hombre allí. Y esa idea, lejos de molestarme, hacía que mi verga palpitara con fuerza.

Llegamos a la fiesta pasadas las nueve de la noche. Valentina iba espectacular. Se había maquillado con ese estilo elegante pero provocador que tanto le gustaba a las cámaras: labios rojo intenso, ojos ahumados y el pelo recogido en una coleta alta y apretada que dejaba completamente expuesto su largo cuello esbelto. Cada vez que giraba la cabeza, la coleta se balanceaba y varios hombres la seguían con la mirada.

Yo caminaba a su lado, con la mano en su cintura baja, sintiendo la piel caliente de su espalda desnuda. El vestido negro seguía siendo una provocación andante: las aperturas laterales dejaban ver sus muslos gruesos con cada paso, y por detrás la tela apenas conseguía contener la mitad inferior de ese culo obscenamente protuberante.

Apenas entramos al salón principal del hotel en Polanco, Don Armando Villarreal se acercó con una sonrisa amplia y confiada. A sus 52 años era un hombre imponente: alto, un poco robusto por la buena vida, con el cabello completamente canoso bien peinado hacia atrás. Llevaba un traje negro a medida que no ocultaba del todo su barriga de empresario exitoso. Sus ojos, sin embargo, eran los de un tiburón: fríos, calculadores y llenos de deseo cuando se posaron en Valentina.

—Mi princesita —dijo con voz grave y cariñosa, abriendo los brazos.

Valentina soltó mi mano de inmediato y se lanzó a abrazarlo. Su cuerpo se pegó al de su tío con naturalidad. Las tetas grandes y pesadas se aplastaron contra el pecho de Don Armando y él no dudó en rodearla con sus brazos, bajando una mano peligrosamente cerca de la curva superior de su culo.

—Hola, tío —respondió ella con esa voz dulce que siempre usaba con él—. Gracias por invitarme.

Detrás de él apareció Rodrigo Villarreal, su primo. Treinta años, guapo, de cuerpo atlético y bien trabajado, con la camisa negra abierta en los primeros botones. Tenía varios tatuajes visibles en el cuello y las manos. Era el clásico “Lobo”: sonrisa arrogante, mirada de quien se ha follado a media Ciudad de México y no le importa que se sepa.

—Prima… —ronroneó Rodrigo, acercándose. Le dio un abrazo más largo de lo necesario, besándola justo debajo de la oreja—. Estás más deliciosa que nunca.

Valentina soltó una risita nerviosa y le dio un empujoncito juguetón en el pecho.

—Compórtate, Rodri. Diego está aquí.

Rodrigo me miró de reojo y sonrió con esa expresión de superioridad que ya empezaba a odiar.

—Claro, cuñado. Tranquilo.

Don Armando mantuvo a Valentina cerca de él todo el tiempo, con su mano grande y pesada apoyada en la parte baja de su espalda desnuda mientras nos guiaba hacia el centro del salón. Me di cuenta de inmediato que casi todos los invitados, la mayoría hombres mayores, socios de la cadena y funcionarios del gobierno, se giraban para admirar a Valentina. Sus ojos se clavaban sin disimulo en su cuerpo. Escuché varios murmullos, algunos demasiado subidos de tono que me revolvierón el estómago:

—Madre mía… mira esas tetas, cabrón, tan redondas… imaginate hacerle una cubana. Se vería de puta madre con la verga bien enterrada entre esos dos tetones.

—Pero que culo más delicioso tiene la hija de puta… yo me la follaría analmente hasta que mi pito salga todo embarrado de su mierda y ella no pueda ni caminar.

—Qué cuerpo de infarto, cabrón. Cintura de avispa y culo de puta. Le separaría bien esas nalgotas mientras se la meto por el ojete.

—Armando ya la tiene bien marcada… seguro la va usar para los contratos gordos.

Valentina caminaba sonriendo con elegancia, aparentemente ajena a los comentarios, o fingiendo que no los escuchaba. Yo sentía una mezcla de orgullo enfermizo y celos que empezaban a quemarme por dentro.

Don Armando nos llevó hasta una mesa en la zona más exclusiva del salón. Se sentó primero y palmeó el asiento a su derecha para que Valentina se acomodara junto a él. Rodrigo se sentó al otro lado de ella, y yo terminé frente a Valentina, con una vista perfecta de lo que estaba ocurriendo.

La fiesta seguía su curso: música suave, meseros sirviendo champagne y risas de hombres poderosos. Don Armando no quitaba la mano de la cintura de Valentina. De vez en cuando bajaba un poco más, rozando la curva superior de su culo por encima de la tela del vestido.

En un momento, y con esa voz grave y carismática que imponía respeto, dijo:

—Valentina, mi reina… quiero proponerte algo importante.

Ella lo miró con esos ojos grandes y brillantes, todavía con la inocencia de quien ve a su tío como una figura paterna.

—Dime, tío.

—He decidido que seas la nueva chica del clima de OroTV. El anterior presentador era un inepto, no conectaba con la audiencia y mucho menos con los anunciantes. Tú tienes todo lo que necesitamos: carisma, belleza y… presencia.

Valentina parpadeó sorprendida. Sus tetas grandes se movieron ligeramente con su respiración agitada.

—Pero tío… yo no necesito trabajar. Diego gana bien en la cadena como administrativo. Con eso nos alcanza para vivir cómodamente. No quiero ser una carga.

Don Armando soltó una risa suave y paternal, pero sus ojos tenían un brillo oscuro.

—Esto no es por dinero, princesa. Es por tu futuro. Mereces brillar. Además —miró de reojo a Rodrigo—, con tu presencia vamos a cerrar contratos muy importantes con otras cadenas, con anunciantes grandes, y con el gobierno. Eres… perfecta para eso.

Rodrigo sonrió con esa arrogancia de follador profesional y apoyó una mano en el muslo de Valentina por debajo de la mesa, apretando ligeramente.

—Además, prima, vas a estar increíble en pantalla. Ese cuerpo tuyo va a hacer que suban los ratings como nunca. ¿Verdad, papá?

Don Armando asintió, sin quitar la mirada de las tetas de Valentina, que parecian querer escaparse del escote del vestido.

—Exacto. Tú confía en nosotros. Nosotros sabemos cómo manejarlo todo.

De pronto, Don Armando levantó su copa y pidió silencio. Su voz resonó con autoridad natural:

—Señores, quiero presentarles formalmente a mi sobrina Valentina. Muchos de ustedes ya la conocen, pero hoy tengo el gusto de anunciar que ella será la nueva chica del clima de OroTV.

Un aplauso entusiasta llenó el salón. Valentina parecía emocionada, casi ilusionada con la idea.

Mientras todos aplaudían, vi cómo Rodrigo se acercaba por el otro lado y le susurraba algo al oído a Valentina. Ella se rio bajito y le dio un codazo, pero sus mejillas se sonrojaron ligeramente.

Yo permanecí ahí, con una copa en la mano, sintiendo una mezcla extraña de orgullo y malestar. Mi novia acababa de ser ascendida delante de toda la élite de la televisión mexicana… pero no podía dejar de notar cómo Don Armando mantenía su mano peligrosamente baja en la espalda de Valentina, casi rozando la curva de su culo. Tampoco podía ignorar la forma en que Rodrigo la miraba.

Más tarde, mientras Valentina iba al tocador, Don Armando se acercó a mí con una sonrisa paternal.

—Cuídala bien, Diego. Pero sobre todo… déjala brillar. Esta industria es de los que se atreven.

Sus ojos brillaban con algo oscuro. En ese momento entendí que no era solo un ascenso. Era el primer paso de un plan mucho más grande.

Y Rodrigo, desde el otro lado del salón, levantó su copa hacia mí con esa sonrisa de lobo, como si ya estuviera contando los días para follarse a su prima, a mi Valentina.

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